Retrato de juventud de don Pedro González Gómez
Pedro González Gómez 1891 – 1974
Retrato de juventud de Francisca Crespo, Paca
Francisca «Paca» Crespo Corres 1896 – 1951
Retrato de juventud de don Pedro González Gómez

Pedro González Gómez nació el 19 de mayo de 1891 en El Casar de Talamanca, un pequeño pueblo de la provincia de Guadalajara, en el seno de una familia de labradores. Don Pedro se caracterizaba por ser un hombre valiente, capaz de jugarse la vida para defender una causa justa, como tendría la oportunidad de demostrar en varios episodios de su vida.

De acuerdo con el propio testimonio de don Pedro, con tan solo ocho años, tras una fuerte discusión con su padre y recibir una bofetada, tomó la decisión de abandonar su hogar y emprender a pie el camino hacia Madrid con la esperanza de encontrar refugio junto a una tía que residía en la capital.

Según relatan algunos de sus familiares, el origen de aquella disputa estuvo relacionado con una dura tarea que se le había encomendado siendo apenas un niño. En aquellos años los suicidios eran frecuentes, y en el Casar algunos de ellos se consumaban en el pozo del pueblo. Pedro era un niño menudo, con lo que cabía sin dificultad por la boca del pozo, y se le requirió que colaborara en la recuperación de los cuerpos. Su negativa a realizar aquel penoso encargo habría desencadenado la discusión que culminó con su marcha.

Desde el momento en que abandonó su casa, Pedro tuvo que pasar innumerables dificultades: trabajos penosos, privaciones, hambre e incluso pasar noches en la calle en los soportales de la Plaza Mayor.

Desde la más absoluta pobreza, Pedro Gómez logró abrirse camino gracias a su trabajo y perseverancia, hasta alcanzar uno de los mayores honores de su profesión: convertirse en pastelero de la Casa Real, fundar su propio negocio, La China, y años más tarde conseguir la Medalla de Oro del Gremio de Confitería y Pastelería de Madrid.

Retrato de juventud de Francisca Crespo, Paca

Francisca Crespo, «Paca», nació el 3 de diciembre de 1896 en Barriobusto, provincia de Álava. Siendo muy joven se trasladó a Madrid, donde quedó bajo la tutela de una de sus tías, que trabajaba sirviendo en una casa de la capital.

Paca era una mujer inteligente y audaz, que sabía leer las oportunidades cuando se le presentaban. Su influencia fue determinante en la vida de su marido y en el destino de toda la familia. Recién casados, les ofrecieron la posibilidad de trabajar en la portería de una finca, una ocupación que les habría garantizado una vida estable y tranquila. Sin embargo, consciente del don extraordinario que tenía su marido para la repostería, le animó a continuar desarrollando su oficio.

Fue doña Paca también la que animó a su marido a aceptar el encargo de Jefe de Repostería de la Casa Real. Y fue igualmente ella quien, años más tarde, le pediría que abandonara Palacio, convencida de que era lo mejor para la familia. Por todo ello, Paca ocupa un lugar central en la historia de esta familia y de La China.

Paca compartía con su marido el buen corazón, y el arrojo y valentía que requerían los tiempos recios que les tocaba vivir. Según recuerdan algunos testimonios familiares, durante una época doña Paca acogió a un niño gitano que vivía en condiciones de extrema necesidad, hasta el punto de deambular desnudo por las calles. Paca lo acogió como algo propio, dándole alimento, ropa y cuidados, a pesar de la escasez que también ellos padecían.

Doña Francisca fallecería prematuramente a la edad de 54 años. No se conoce la causa concreta, aunque su familia sostiene que fueron los disgustos de la guerra los que terminaron por quebrantar su salud.

Fotografía de la familia González Crespo

Pedro y Paca contrajeron matrimonio el 30 de noviembre de 1920, a la edad de 29 y 24 años respectivamente. La boda se celebró en Madrid, en la iglesia de Santa Bárbara, situada en el barrio de Justicia. Tuvieron cinco hijos, aunque solo cuatro alcanzaron la edad adulta: Francisco, Rosa, Julia y Mari. Su primer hijo, Pedrito, falleció a los siete meses de edad, una tragedia que supuso un duro golpe para la familia.

Los González Crespo tuvieron que enfrentarse a las vicisitudes propias del inicio del siglo XX: la lucha de clases, el auge del comunismo, el fascismo, la llegada de la República, la Guerra Civil Española, y en último término la posguerra. La familia pasó toda la guerra en Madrid, donde el conflicto fue especialmente virulento. El periodo estuvo marcado por la escasez y el hambre; testimonios familiares cuentan cómo don Pedro salía de casa en busca de algo que llevar a la mesa, llegando incluso a rebuscar con un gancho en los residuos del vertedero para encontrar cualquier cosa con la que alimentar a su familia. Es difícil imaginar, en estos tiempos de abundancia e inmediatez, lo que tuvieron que suponer aquellas privaciones.

Durante la guerra, el local de la pastelería era conocido en el barrio de Delicias como «la Cruz Roja», ya que don Pedro y Paca auxiliaban a todo aquel que lo requería, independientemente de su ideología. En los hornos de la pastelería llegaron a esconderse milicianos, sacerdotes, monjas, rojos y azules, republicanos o carlistas: la ideología en La China no contaba, solo el valor de la propia vida.

Por este motivo, y por haber trabajado para su majestad el rey Alfonso XIII en plena guerra, un grupo de milicianos del bando republicano —probablemente vinculados a alguna de las checas que operaban en Madrid— se presentó un día en la pastelería en busca de don Pedro. Este era plenamente consciente de que el motivo de aquella visita no era otro que el de darle el «paseíllo», asesinarle por considerarle enemigo. Ante esta situación, don Pedro llamó a su mujer y a sus cuatro hijos, y fue despidiéndose de ellos uno a uno hasta llegar a Francisco (Paco), para decirle que, a sus 12 años, se convertía desde ese momento en el padre de familia. Ese sentido del deber y de la responsabilidad acompañaría a Paco el resto de su vida.

Una miliciana amiga de la familia apareció providencialmente. Al ver lo que estaba pasando, increpó a sus compañeros y les dijo que no podían llevarse a don Pedro, que era un hombre de buen corazón que lo único que había hecho era ayudar a todo el barrio, que en sus hornos se habían escondido compañeros y que acabar con su vida sería un atropello. Los milicianos, ante la conmovedora escena y la interpelación de su compañera, decidieron desobedecer las órdenes recibidas y dejar con vida a don Pedro. Por ese valiente gesto de rebeldía, hoy podemos contar su historia.